10 libros sobre diseño y usabilidad

Quería hacer eso tan manido de recomendar algunos libros para el verano, pero es complicado elegir. Así que disculpad la pereza, pero me voy a limitar a enumerar los 10 primeros libros sobre diseño de interacción, interfaces y usabilidad que leí, en riguroso orden cronológico.

  1. Don’t Make Me think (3ª edición disponible)
    de Steve Krug
  2. The Design of Everyday Things (nueva edición disponible)
    de Donald Norman
  3. The Humane Interface
    de Jef Raskin
  4. Universal Principles of Design (2ª edición disponible)
    de William Lidwell, Kritina Holden y Jill Butler
  5. GUI Bloopers (2ª edición disponible)
    de Jeff Johnson
  6. The Elements of Graphic Design (2ª edición disponibile)
    de Alexander W. White
  7. Thinking with Type (2ª edición disponible)
    de Ellen Lupton
  8. Designing Visual Interfaces
    de Kevin Mullet y Darrell Sano
  9. About Face (4ª edición disponible)
    de Alan Cooper
  10. Designing for People
    de Henry Dreyfuss

10 libros sobre diseño y usabilidad

Los diseñadores

Cuando entró en la oficina sólo quedaban tres personas. Eran diseñadores de interacción. Los tres estaban ensimismados en sus puestos de trabajo.

Se acercó al primero, que estaba usando el ordenador, trazando cajas y líneas en blanco y negro, con mucha concentración y mimo. Observó cómo a veces se acercaba a la pantalla para asegurar que la alineación era correcta.

—¿Qué haces? —le preguntó.
—Preparo un entregable para un cliente—respondió.

Se dirigió entonces al segundo, que movía en su ordenador cajas de un sitio para otro con mucho menos esmero que el primero.

—¿Qué haces? —preguntó.
—Diseño una interfaz—dijo rápidamente.

El tercero tenía el ordenador apagado; estaba ante una libreta, dibujando descuidadamente también cajas y líneas, tachando continuamente y volviendo a empezar.

—¿Qué haces? —preguntó por tercera vez.
—Hago más eficiente pagar en un parquímetro—contestó.

Al salir de la oficina se encontró a un cuarto compañero en la calle. Estaba apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos, mirando fijamente cómo alguien usaba un parquímetro.

—¿Qué haces?
—Intento mejorar la vida de la gente de la ciudad.

El pulgón

Dani había plantado algunas habas y judías en unas mesas de cultivo que tenía instaladas en su terraza. Llevaban ahí unas semanas y ya estaban creciendo sanas y hermosas.

Pero una mañana se encontró las hojas de las habas arrugadas. Parecían enfermas y débiles. Las observó de cerca y vio centenares de diminutos insectos.

Dani empezó a frotar las hojas de las habas y justo en ese momento David, su vecino, salió a la terraza contigua.

—¿Qué haces? —preguntó.
—Mato bichos —respondió Dani.
—Eso que ataca a tus habas es pulgón —aclaró David—. Las mariquitas comen pulgón, así que no es necesario que lo mates hoja por hoja.

Al día siguiente Dani dedicó toda la mañana a buscar mariquitas por el campo. Apenas consiguió una docena, pero se dirigió a casa y las soltó junto a las habas.

David, de nuevo, lo vio desde la terraza vecina.

—¿Qué haces? —preguntó.
—He traído mariquitas.
—Las mariquitas vienen solas, no es necesario que las vayas a buscar —sentenció David.

Dani se percató que efectivamente alguna mariquita se acercaba a sus habas por si sola; pero inmediatamente era atacada por ¿hormigas? Hasta ese momento no se había fijado, pero la mesa de cultivo no sólo estaba infestada de pulgón

—¿Las hormigas comen pulgón? —preguntó a David, que aún permanecía en la terraza.
—No —respondió—, los pulgones excretan sustancias dulces que gustan a las hormigas. Simplemente están protegiendo su rebaño.

Dani entendió. Si mataba el pulgón conseguiría ahuyentar también las hormigas. Al día siguiente fue a una droguería, compró insecticida y empezó a rociar todas las hojas.

David estaba de nuevo en su terraza.

—¿Qué haces? —preguntó como siempre.
—Mato el pulgón y las hormigas.
—También estás matando las mariquitas —dijo David—. Sin mariquitas volverá el pulgón y con él las hormigas.

Dani, visiblemente cansado (y algo preocupado de que David no le quitara el ojo de encima en todo el día), se sentó en una silla y contempló triste su mesa de cultivo.

Hasta ese momento no se había dado cuenta que por una de las patas de la mesa subía y bajaba la hilera de hormigas.

Tuvo una idea.

Fue a la cocina a por unos tarros anchos, levantó la mesa de cultivo, puso cada pata dentro de un tarro y los llenó de agua. Las hormigas empezaron a agolparse en los bordes, incapaces de seguir subiendo por la patas de la mesa.

—¿Qué haces? —preguntó de nuevo David, que seguía en la terraza.
—Mato pulgón —respondió Dani.

David sonrió y entró en su casa.

Una caja negra

He inventado una caja negra, opaca, compacta, hermética, con un único orificio en el que se observa una luz roja apagada.

La luz puede encenderse sola en cualquier momento del día y uno debe averiguar qué hacer para que vuelva a su estado de reposo. A veces será suficiente moviendo la caja, otras puede que reaccione a la música o en ocasiones sólo sumergiéndola en agua se conseguirá que la luz deje de brillar.

No hay manual, nadie puede saber qué sensores tiene el artefacto ni a qué puede reaccionar. De hecho muchas veces la luz se apagará sin que sepas muy bien por qué.

Pero la caja no es un simple juego de azar. Con el tiempo puedes aprender a distinguir distintas intensidades de luz o parpadeos que sugieren una u otra cosa. Una luz muy intensa quizás sólo se apaga calentando la caja, o una luz que parpadea puede que pare dando unos simples golpecitos. También será posible detectar patrones: que no te extrañe que esa luz que se enciende cada día a las 12 siempre se apague de la misma forma.

Para cada persona que me pida una caja se la voy a diseñar a medida, de forma que de nada servirá que tu amigo te diga que su caja por la mañana reacciona a las palmadas, ya que quizás la tuya no.

¿Y el incentivo?, diréis. ¿Qué mejor incentivo que la propia percepción de progreso en el aprendizaje de este nuevo lenguaje y la satisfacción de empezar a entender tu caja?

Creo que va a ser un éxito sin precedentes. Estoy convencido que una vez alguien me compre una caja incluso va a querer otra, para jugar el doble. De hecho voy a sorprender a algunos y les voy a poner dos cajas en el paquete de envío. Veréis que risas cuando las dos luces se enciendan a la vez.

Un lector menos

Tengo un lector menos. Una persona por quien tenía aprecio y que leía esporádicamente estas notas semanales nos ha dejado. Era alguien absolutamente ajeno al mundo del diseño, de la usabilidad, de la experiencia de usuario o de cómo queráis clasificar estas líneas, pero cuando le caía en las manos uno de estos apuntes de pocos párrafos lo leía con atención y curiosidad.

Un día, en una conversación, elogió uno de estos artículos. Que alguien que acostumbra a ser desvergonzadamente sincero alabe algo que has escrito siempre es agradable. Es una sensación que muchas veces no tenemos en nuestro día a día, cuando trabajamos absolutamente desconectados de las personas que hay al final del hilo que tejemos.

Mirad a vuestro alrededor: levantamos paredes sin conocer quién vivirá detrás de ellas, cultivamos alimentos sin preocuparnos por quién va a consumirlos, diseñamos objetos sin ver nunca a nadie usarlos… Puede ser práctico, puede ser económico, pero es un poco triste. Es triste olvidar que todo aquello que hacemos tiene un destinatario. Sea gente cercana o lejana. Presente o futura. Viva o muerta. Siempre hay alguien.

Imagino que estas líneas también tienen un destinatario. Y probablemente soy yo mismo; que sumido por la impotencia de ver que nada puedes hacer cuando alguien te deja, escribir esto es todo lo que queda en mis manos.

La visión de la plaza

La plaza mayor de Vic es un espacio cuadrado volteado por arcadas con una gran zona central destinada a actividades eventuales, como mercados o ferias. Todo catalán que se precie, que no sufra del cada vez más extendido y peligroso autoodio, la reconoce. Al menos la habrá visto en Televisión de Catalunya, cuando el hombre del tiempo de turno muestra una vista cenital de la misma para acompañar las frías temperaturas de la capital osonense.

No soy muy partidario de la investigación con usuarios (ojo, “de usuarios” sí), pero me ha llamado la atención un reciente estudio en el que se preguntaba a la gente mayor qué mejoras haría en el espacio público de la ciudad.

Algunos viejos ingratos, para nada merecedores de la desmedida pensión que cobran a final de mes, se han atrevido a afirmar que en la plaza faltan bancos para sentarse. Ante tan absurda e insensata solicitud, el alcalde de Vic ha respondido, según el periódico El 9 Nou, algo así como que a la Generalitat no le gustaría eso de poner bancos, pues claramente obstaculizarían “la visión de la plaza”.

Gracias a las últimas innovaciones científicas en el campo de las partículas subatómicas, las terrazas de los bares de la plaza mayor de Vic no obstaculizan “la visión de la plaza”; pero obviamente los bancos sí lo harían, ya que se pagan con dinero público y no pueden gozar de tanta modernidad tecnológica. Yo lo comprendo: las plazas y las calles deben ser zonas de tránsito, de un centro comercial a otro y poco más, no un nido de vagos y maleantes.

Si usted es un señor mayor de Vic y se cansa viendo la plaza de pie, pues oiga, mire, tiene un par opciones: reintroduzca parte de su pensión en el sistema tomándose un carajillo en una de las terrazas o bien espachúrrese en el sofá de su casa para gozar de una vista no obstaculizada de la plaza durante dos o tres segundos en TV3. Ya sabe, “la teva”.

Ser padre hoy

¡Joder! La idea de un tipo alto, no muy alto, pero lo suficiente para que pase toda su vida siendo víctima de comentarios sobre su estatura por parte de desconocidos en todos los espacios cerrados habidos y por haber: en el tren “uy, que alto”, en el ascensor “uy, que mal repartido está el mundo”, en la panadería “uy, ¿juegas al baloncesto?”. Y el tipo alto, pero no muy alto, absolutamente obsesionado por ese tema, pensando día y noche en una respuesta graciosa a esos comentarios, pero que sea educada, no hiriente, pues en el fondo reconoce que pese al malestar que le provocan no tienen mala intención. Hasta que un día, cansado de buscar esa escurridiza respuesta, considera que quizás sea una buena estrategia establecer sutiles peculiaridades para competir con su mera talla, para que la gente tenga, al menos, donde elegir para comentar. Así que el tipo empieza a estudiar cosas extrañas, se dedica profesionalmente a algo que nadie entiende, se entrega a aficiones exóticas, aprende a amar los géneros cinematográficos más underground, intenta llevar una vida tranquila en plena fiebre global consumista, se atreve a dejar su trabajo estable en medio de una brutal crisis económica y se embarca en la paternidad antes de los 30. Pero joder, nada de eso le funciona, nada de eso es suficiente para la vecina con la que coincide en el ascensor, que sigue insistiendo en hacer un comentario sin mala intención sobre lo mucho que tiene que forzar el cuello para hablar con él; así que el tipo alto, pero no muy alto, decide volver a su estrategia anterior y sigue viviendo su vida convencido que una inteligente combinación de palabras dará lugar a esa perfecta respuesta graciosa que, tras años de obcecadas noches en vela sigue sin ser incapaz de encontrar.