Auténticamente digitales

Ya basta, dicen. Es el momento de olvidarnos de anacronismos y dejar atrás paradigmas anclados en nuestro estúpido mundo real analógico. Es hora de ser genuinamente, sinceramente y honestamente digitales

Separar lo real de lo digital es ver nuestro monitor, tableta y móvil como pequeñas ventanas a otra dimensión. Una dimensión digital con sus propias reglas. Pero resulta que lo digital está integrado en nuestra vida diaria de una forma mucho más difusa, con mecanismos de interacción prácticamente ubicuos. Considerar la pantalla como una frontera es arcaico. Y falso: nuestra interfaz ya no es una mera superficie de contacto, sino un entorno de interacción tridimensional, real, tangible y con reglas físicas. Por todo ello, honestamente creo que es el entorno digital el que debe adaptarse a nuestro mundo real.

Y no al revés.

El hombre orquesta

Armado con varios instrumentos, el hombre orquesta no necesita a nadie. Él mismo toca el clarinete a la vez que la guitarra, marca el compás con el pie y sacude las posaderas para darle a la pandereta. El hombre orquesta recorre así las calles, exhibiendo su reconocible talento de hacer de todo un poco. Nadie en su sano juicio se espera que toque sólo la armónica, ni que repique sólo el timbal. Él es un genio en lo suyo pero un especialista en nada.

Pero llega un día en que algunos hombres orquesta especialmente talentosos se rebelan. Gritan a los cuatro vientos: ¡somos la solución! ¿Para qué necesitáis un violonchelista? Mejor alguien que también toque las castañuelas. ¿Para qué un flautista? Mejor el que sabe también de maracas. Y así empiezan a ser ridiculizados quienes tocan la trompeta en la Sinfonía nº9 de Beethoven. ¡Sin los demás no son nadie! Oh, y qué cómicos los bombos, que sólo se dejan oír en el cuarto movimiento. ¡Qué patéticos todos estos personajes, incapaces de tocar la pieza entera por sí solos!

Y hay un perfil que pasa a ser especialmente vapuleado: el director de orquesta. Qué triste especialista que, batuta en mano, se encarga simplemente de llevar el compás y coordinar instrumentos sin contribuir con sonido alguno. ¿Qué aporta este señor si quienes acaban haciendo el trabajo son los demás?

Sintámonos pues avergonzados los mediocres que hemos perdido el tiempo especializándonos en un instrumento. Convirtámonos en hombres y mujeres orquesta y así el público nos aplaudirá por las calles, admirados de nuestro portentoso talento y nuestra capacidad de autónomamente meter un jodido ruido de la hostia.

Bajas expectativas

Después de más de una década con la misma operadora móvil, hace un par de semanas decidí cambiar. Para ello interactué exitosamente con varias personas y sistemas de Movistar, Pepephone e incluso Apple, implicando varias herramientas en el proceso:

  • Navegador web para acceder al sitio web de Pepephone y poder rellenar un formulario de solicitud de portabilidad.
  • Cliente de correo electrónico donde recibir mensajes que me confirmaban la solicitud y me informaban de su estado.
  • Móvil donde obtener un SMS indicando la fecha y hora de llegada de una nueva tarjeta SIM por correo postal.
  • Espacio físico donde el repartidor pudiera entregarme en mano la tarjeta y un contrato.
  • Cuenta de Twitter para poder solicitar a Movistar la liberación del móvil (evitando lidiar con el 1004).
  • iTunes, para autorizar la liberación con Apple.
  • Teléfono donde recibir una llamada de Movistar para que les confirme la portabilidad.
  • Buzón de correos, donde enviar de nuevo a Pepephone el contrato ya firmado.

Todo funcionó bien, con los tiempos que me indicaron y de la forma acordada. Estoy satisfecho. Y me parece mal. Me parece mal estar satisfecho. Encuentro demencial que nuestra relación con algunas operadoras pueda ser tan absolutamente penosa como para que todo este proceso me parezca satisfactorio.

Creo que estamos en una situación en que la interacción con la mayoría de empresas e instituciones simplemente no funciona. Estamos en lo más bajo de una inventada pirámide de Maslow de diseño de servicios y somos incapaces de valorar en su justa medida atributos como la eficiencia o la facilidad cuando, lo normal, es que simplemente nadie nos haga puto caso.

Un día de furia

Llaman a la puerta. Abres y te entregan un pedido que estabas esperando. Viene convenientemente protegido en una caja de cartón. Pruebas a abrirla y te das cuenta que está pegada con cinta adhesiva. Intentas quitarla pero no sale entera, se te quedan pequeños trozos pegados en los dedos. Decides ir a buscar unas tijeras. Cortas la cinta y sacas por fin el contenido del paquete.

Tu compra viene envuelta en un plástico con una tira roja que sobresale en un lado. Se trata, como no, de un “abre fácil”. Tiras de ella y se te queda en las manos. Un trozo de plástico se ha desgarrado, pero no es suficiente para desprender el resto. Descartas usar las tijeras, no quieres estropear nada accidentalmente, así que tiras del plástico fuertemente hasta que lo rompes por la mitad, sacando buena parte de él.

El trozo que has sacado se queda pegado en tus dedos por estática. Intentas despegarlo sacudiendo pero no salta. Tiras de él con la otra mano y lo único que consigues es cambiarlo de sitio. Sacudes de nuevo y finalmente cae al suelo. Al ser transparente no ves dónde ha aterrizado, así que te agachas a buscarlo, lo recoges cuidadosamente con las puntas de los dedos y lo depositas en una mesa. Ahí se quedará durante una semana.

Te queda otro trozo de plástico, que enfunda perfectamente el objeto. No puedes tirar de él, está demasiado ajustado, ni tampoco pellizcar con los dedos. Decides volver a coger las tijeras. Las introduces y cortas. Tu compra se ralla. Te da igual. Ya no importa el objeto ni tu integridad física. No existe mañana. Eres tú contra el packaging. No hay nada más en el mundo. Estás furioso, cabreado, frustrado… eres víctima del wrap rage.