Adaptación sensorial

A Buddhist monk lived high in the mountains, in a small stone house. Far, far in the distance was the ocean, visible and beautiful from the mountains. But it was not visible from the monk’s house itself, nor from the approach road to the house. However, in front of the house there stood a courtyard surrounded by a thick stone wall. As one came to the house, one passed through a gate into this court, and then diagonally across the court to the front door of the house. On the far side of the courtyard there was a slit in the wall, narrow and diagonal, cut through the thickness of the wall. As a person walked across the court, at one spot, where his position lined up with the slit in the wall, for an instant, he could see the ocean. And then he was past it once again, and went into the house.

Este fragmento del libro “A Pattern Language” le sirve al arquitecto Christopher Alexander como introducción para hablarnos sobre cómo podemos prolongar el goce de algo bello. Según Alexander si el monje de la historia construyera un gran ventanal para tener siempre presente la vista del océano, con el tiempo se volvería algo obvio, monótono, convirtiéndose finalmente en poco más que otra pared de la casa. En cambio al situar la vista en una zona de paso se disfruta esporádicamente, permitiendo que la experiencia no degrade.

Nuestros sentidos parecen estar especialmente preparados para detectar cambios en los estímulos que nos rodean. Un razonamiento evolutivo sencillo a este comportamiento, reconozco que no muy esmerado, es que algo que está quieto parece poco probable que nos mate, así que mejor estar atentos a si se mueve. Esta atención a las variaciones acaba implicando que los sentidos prestan poca atención a lo no-cambiante, provocando que muchos estímulos constantes como la luz ambiente, el ruido, el contacto de la ropa que llevamos, etc. acaben siendo obviados, proceso que se conoce como adaptación sensorial.

Al explotar cualquier estímulo, al abusar de una animación, un sonido, un color, etc. estamos contribuyendo a esta adaptación sensorial: no significa que al final nos resulte molesto o repetitivo, sino que simplemente llega un momento en que nos da igual.

Interfaces diegéticas

Que en el espacio nadie puede oír nuestros gritos lo sabe todo el mundo como mínimo desde 1979, cuando este eslogan acompañaba al icónico huevo en los carteles promocionales de la magnífica película Alien. Y digo magnífica porqué creo que nadie pueda negar que la cinta controlaba la atmósfera de forma envidiable, dominando la puesta en escena, efectos, banda sonora, fotografía, etc. para contribuir a conseguir lo que debería ser el objetivo de cualquier obra cinematográfica de entretenimiento: hacer que el espectador se olvide de la realidad durante un par de horas.

Otro sitio en el que no se oyen nuestros gritos es en el mundo de Dead Space, videojuego claramente inspirado en Alien que nos pone en el papel de un ingeniero llamado Isaac Clarke y nos introduce en una nave espacial llena de bichos cabreados. Pero la pregunta es: ¿puede conseguir Dead Space el mismo efecto de inmersión que Alien?

En la mayoría de juegos hay muchos elementos externos a su propia narrativa que nos pueden hacer recordar que estamos sentados en un sofá. En Dead Space acciones como morir y cargar una partida o que salte un logro felicitándonos por haber matado 30 necromorfos no son la forma más adecuada de favorecer la inmersión. Tampoco lo sería un indicador en una esquina de la pantalla informando que nos quedan 23 balas o que tenemos 87 de 100 puntos de vida, pero esto sí que no se lo podemos criticar al juego, ya que opta por eliminar cualquier tipo de información sobreimpresionada en la pantalla.

Dead Space usa lo que E. Lorentzon y M. Fagerholt decidieron llamar “interfaces diegéticas” en su tesis “Beyond the HUD – User Interfaces for Increased Player Immersion in FPS Games”. Una interfaz diegética es aquella que está representada virtualmente en el espacio físico del juego, pero ojo, no únicamente eso, sino que también existe realmente en ese universo ficticio: en Dead Space la cantidad de munición que nos queda aparece en un visor situado en la propia arma, nuestra vida se indica luminosamente en la columna vertebral de nuestro traje espacial y los tradicionales menús o mapas son interfaces holográficas que nuestro avatar, al igual que nosotros, puede ver.

http://www.youtube.com/watch?v=1E8DqBIhhYc

Belleza interior

A finales de la década de los 90, empresas como Dyson, Apple o Nintendo lanzaron al mercado aspiradoras, ordenadores y consolas portátiles con una característica común: estaban construidos en plástico transparente que permitía ver su interior.

Que algunos objetos muestren sus entrañas puede tener ventajas puramente funcionales: por ejemplo los mecheros translúcidos nos permiten ver cuánto gas queda o las ventanas de los hornos de cocina posibilitan observar el estado de nuestra comida. ¿Pero de qué nos sirve contemplar el interior de una Game Boy Color? ¿Qué gracia tiene ver la placa madre de un iMac?

En la película Vital, de Shinya Tsukamoto, un estudiante de medicina ve fallecer a su novia en un accidente de tráfico. En un macabro homenaje, y en un acto de pura belleza enfermiza, el estudiante consigue el cuerpo de su chica para poder diseccionarlo.

Tsukamoto convence al espectador que el interior es terreno de un amante, algo íntimo, privado. ¿Puede suceder lo mismo con los objetos? ¿La desnudez y transparencia nos puede transmitir confianza o seguridad? ¿O no tiene sentido buscar una racionalización a nuestra diáfanofilia? Quizás sólo se trate de una respuesta emocional preconsciente: una reacción, y que Donald Norman me perdone por el juego de palabras, inocentemente visceral.

Un día de furia

Llaman a la puerta. Abres y te entregan un pedido que estabas esperando. Viene convenientemente protegido en una caja de cartón. Pruebas a abrirla y te das cuenta que está pegada con cinta adhesiva. Intentas quitarla pero no sale entera, se te quedan pequeños trozos pegados en los dedos. Decides ir a buscar unas tijeras. Cortas la cinta y sacas por fin el contenido del paquete.

Tu compra viene envuelta en un plástico con una tira roja que sobresale en un lado. Se trata, como no, de un “abre fácil”. Tiras de ella y se te queda en las manos. Un trozo de plástico se ha desgarrado, pero no es suficiente para desprender el resto. Descartas usar las tijeras, no quieres estropear nada accidentalmente, así que tiras del plástico fuertemente hasta que lo rompes por la mitad, sacando buena parte de él.

El trozo que has sacado se queda pegado en tus dedos por estática. Intentas despegarlo sacudiendo pero no salta. Tiras de él con la otra mano y lo único que consigues es cambiarlo de sitio. Sacudes de nuevo y finalmente cae al suelo. Al ser transparente no ves dónde ha aterrizado, así que te agachas a buscarlo, lo recoges cuidadosamente con las puntas de los dedos y lo depositas en una mesa. Ahí se quedará durante una semana.

Te queda otro trozo de plástico, que enfunda perfectamente el objeto. No puedes tirar de él, está demasiado ajustado, ni tampoco pellizcar con los dedos. Decides volver a coger las tijeras. Las introduces y cortas. Tu compra se ralla. Te da igual. Ya no importa el objeto ni tu integridad física. No existe mañana. Eres tú contra el packaging. No hay nada más en el mundo. Estás furioso, cabreado, frustrado… eres víctima del wrap rage.