El test del zumo de naranja

Sois los responsables de organizar una convención que reúne a 700 directivos. Debe empezar a las 7 de la mañana y debéis encontrar un hotel donde os sirvan el desayuno. Hay una condición: vuestro jefe considera imprescindible empezar con un brindis. Con zumo de naranja. Recién exprimido. En vaso grande. Para 700 personas, sí.

Este es el planteamiento base del “test del zumo de naranja”, más o menos tal y como lo describe su autor, Gerald M. Weinberg, en el libro The Secrets of Consulting. Imaginaos exponiendo esta situación al responsable de un hotel. Si os dice que es imposible, que no se puede, no pasará el test del zumo de naranja. Si os dice que adelante, que no hay problema, tampoco.

Trabajando definiendo interfaces he oído a muchos responsables de equipos de desarrollo decir “no se puede” o “no hay problema”. Los casos en que algo “no se puede” son mayoritariamente falsos, pero acaban implicando buscar una alternativa que “sí se pueda” normalmente de menor calidad. Los otros casos, los de “no hay problema” directamente me acojonan: realmente “sí hay problema”, pero aparecerá espontáneamente más adelante, hacia el final del proyecto, cuando todo se empiece desmoronar y a entrar en el caos más absoluto. Quien diga sistemáticamente a todo que “no se puede” está mintiendo. El que os diga “no hay problema” sin pensarlo probablemente es un idiota. Ambos perfiles son igual de peligrosos.

Entonces, ¿cuál es la respuesta correcta al test del zumo de naranja? Pues algo así como: “esto es un problema de narices, pero podemos estudiarlo y ver cuánto va a costar”.

Ese coste será expresado en dinero, tiempo, dolores de cabeza, problemas políticos internos, jamones para cargos de influencia o lo que sea; pero una vez cuantificado es un dato que nos podrá ayudar a decidir sensatamente si vale la pena exprimir todas esas naranjas o, por el contrario, quizás sea más conveniente ir a buscar al primo de alguien para persuadir al jefe a que cambie de idea.

El hombre orquesta

Armado con varios instrumentos, el hombre orquesta no necesita a nadie. Él mismo toca el clarinete a la vez que la guitarra, marca el compás con el pie y sacude las posaderas para darle a la pandereta. El hombre orquesta recorre así las calles, exhibiendo su reconocible talento de hacer de todo un poco. Nadie en su sano juicio se espera que toque sólo la armónica, ni que repique sólo el timbal. Él es un genio en lo suyo pero un especialista en nada.

Pero llega un día en que algunos hombres orquesta especialmente talentosos se rebelan. Gritan a los cuatro vientos: ¡somos la solución! ¿Para qué necesitáis un violonchelista? Mejor alguien que también toque las castañuelas. ¿Para qué un flautista? Mejor el que sabe también de maracas. Y así empiezan a ser ridiculizados quienes tocan la trompeta en la Sinfonía nº9 de Beethoven. ¡Sin los demás no son nadie! Oh, y qué cómicos los bombos, que sólo se dejan oír en el cuarto movimiento. ¡Qué patéticos todos estos personajes, incapaces de tocar la pieza entera por sí solos!

Y hay un perfil que pasa a ser especialmente vapuleado: el director de orquesta. Qué triste especialista que, batuta en mano, se encarga simplemente de llevar el compás y coordinar instrumentos sin contribuir con sonido alguno. ¿Qué aporta este señor si quienes acaban haciendo el trabajo son los demás?

Sintámonos pues avergonzados los mediocres que hemos perdido el tiempo especializándonos en un instrumento. Convirtámonos en hombres y mujeres orquesta y así el público nos aplaudirá por las calles, admirados de nuestro portentoso talento y nuestra capacidad de autónomamente meter un jodido ruido de la hostia.

Dos cañones

Artur Mas ha comentado recientemente en una entrevista de La Vanguardia que en una hipotética “consulta al pueblo de Catalunya” él preguntaría: “¿Usted desea que Catalunya se convierta en un nuevo Estado de la UE?”.

La pregunta, comentaba un amigo, es “clara y sencilla”. “Clara”, entiendo, en el sentido que es fácil comprender qué se está preguntando. Y “sencilla” por su composición gramatical sin artificios ni palabras rebuscadas.

Pero hay un problema. Es una pregunta doble. Responder “sí” significa afirmar dos hechos: “deseo que Catalunya se convierta en un nuevo estado” y (en el sentido más lógico de la conjunción) “deseo que el nuevo estado pertenezca a la UE”.

Podríamos asumir que quien desea que Catalunya sea un nuevo estado pero no quiere que pertenezca a la UE responderá “no”. Y sería una buena asunción siempre y cuando las personas tomáramos una aproximación lógica y racional a estas cuestiones. El problemilla es que, como Antonio Damásio ya apuntó en su momento, los seres humanos no somos únicamente lógicos y racionales.

Los angloparlantes llaman a este tipo de preguntas “double-barreled”, en alusión a una escopeta de dos cañones que permite disparar dos cartuchos seguidos. Es una metáfora excelente, ya que me viene genial para no ser lógico ni racional y acabar con un vídeo que no tiene (casi) nada que ver con todo esto: una famosa y violenta escena de la película Martyrs, de Pascal Laugier, en honor al recién terminado cuadragésimo quinto Festival de Cine Fantástico de Sitges. Viewer discretion is advised.

Geek status

A John Backus no le gustaba programar. Le aburría. En los años 50 hacerlo era un verdadero tormento, así que, en un claro ejemplo de procrastinación estructurada, Backus en lugar de hacer su trabajo decidió “perder el tiempo” definiendo un lenguaje de programación que permitiera, justamente, hacer más sencillo programar. Así (más o menos) nació FORTRAN en 1957, el primer lenguaje de propósito general de alto nivel de la historia.

Para que los programas hechos en FORTRAN tuvieran un rendimiento similar a los creados directamente en ensamblador se preparó un compilador que optimizaba el código, pero la comunidad de desarrolladores no estaba del todo contenta… De pronto el trabajo de programación pasaba a ser más fácil, más accesible, y para muchos no era concebible que esto no tuviera ningún coste en eficiencia.

La historia se repite continuamente: pasó con la introducción del ratón, con el entorno de escritorio, con el procesador de textos WYSIWYG, con la crafting table de Minecraft en Xbox 360… y sucede cada vez que aparece una interfaz que facilita una tarea, obsoletizando, aunque sea parcialmente, el esfuerzo personal de aprender a hacer ciertas cosas “the hard way”.

Es una reacción emocional compleja: es la pérdida personal de un status, el abandono de una posición privilegiada, la destrucción de una comunidad de expertos. Pero tranquilos, hay salida. O al menos el señor Linus Torvalds lo tiene claro:

Once a technology is adopted by the masses the extreme geeks find something more esoteric.