Auténticamente digitales

Ya basta, dicen. Es el momento de olvidarnos de anacronismos y dejar atrás paradigmas anclados en nuestro estúpido mundo real analógico. Es hora de ser genuinamente, sinceramente y honestamente digitales

Separar lo real de lo digital es ver nuestro monitor, tableta y móvil como pequeñas ventanas a otra dimensión. Una dimensión digital con sus propias reglas. Pero resulta que lo digital está integrado en nuestra vida diaria de una forma mucho más difusa, con mecanismos de interacción prácticamente ubicuos. Considerar la pantalla como una frontera es arcaico. Y falso: nuestra interfaz ya no es una mera superficie de contacto, sino un entorno de interacción tridimensional, real, tangible y con reglas físicas. Por todo ello, honestamente creo que es el entorno digital el que debe adaptarse a nuestro mundo real.

Y no al revés.

Wrong road

La localidad temporal es un fenómeno sistémico que no necesita presentación para quien conozca el concepto de “cache”. Para los demás, decir simplemente que es una forma de predecir el comportamiento de ciertos sistemas, concretamente el hecho que cuando se hace referencia a un recurso es probable que ese mismo recurso sea referenciado en un futuro.

Internet es un sistema en que este fenómeno es observable. Si accedes a una página de un sitio web es presumible que en un futuro próximo accedas a ella de nuevo. De hecho es muy probable que entre dos visitas a una misma página sólo hayas visto otra distinta; vamos, que estás en A, vas a B y vuelves a A. Y digo volver, como si A estuviera antes que B, pero no: A y B comparten la red de redes y ninguna está antes que la otra, pero para tu histórico personal de visitas A es anterior.

Así que visto esto, la gente del National Center for Supercomputing Applications de Illinois decide en 1993 que a su primer navegador gráfico le falta un botón importante. Uno con una flecha hacia la izquierda con el tooltip “Back”. Y de esta guisa nace el botón “atrás”.

Lo curioso es que ahora, 20 años más tarde, aún nadie entiende cómo funciona. Y lo cachondo es que importa tres cojones. Ya lo estudiaron Saul Greenberg y Andy Cockburn en 1999: dile a alguien que busque algo en un buscador y pulse en el primer resultado, después que vaya atrás y haga clic en el segundo resultado. ¿Si ahora pulsas “atrás” dos veces qué página sale? Venga. Rápido. Ok, sí, tú lo has respondido bien… pero muchos usuarios van a creer que vuelves al primer resultado; y no: el botón atrás no es un simple histórico de visitas, sino un sistema tipo pila donde hemos eliminado ya el primer resultado de ella. La cuestión es que para la mayoría de situaciones el modelo mental que se hace la gente del botón “atrás” es suficiente. Podríamos hacer una analogía con la geometría euclidiana: no importa que sea falsa o incorrecta o incompleta ya que se trata de una buena aproximación a nuestra realidad más inmediata.

Ese monstruo de tres cabezas

Oficina nueva. Paredes aún sin pintar. Sala de reuniones improvisada y cuatro personas ilusionadas sentadas alrededor de una mesa de camping. Sí señores, una start-up. A la primera de cambio se menciona “El Usuario” en la reunión. ¿Pulsará aquí o allá? ¿Irá por este camino o aquél otro? Cada uno dice la suya. Uno recuerda ciertas leyendas antiguas sobre este extraño ser. Otro saca a relucir los datos que le facilitó un amigo que lo vio un día entre la niebla. El tercero pone encima la mesa sus prejuicios y experiencias personales. Y el cuarto se inventa algo para no quedar en silencio. La reunión se alarga, discutiendo amargamente sin llegar a ninguna conclusión, y finalmente el tiempo se agota y la decisión final se acaba delegando al viento, sentenciándola con esa lapidaria expresión… “le damos una pensada”.

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Ordenador de gasolina

¿Habéis visto alguna vez a alguien dentro un ascensor aporreando la puerta por ir lento? ¿Lanzar improperios por estar tardando mucho en subir? ¿No? Entonces ¿por qué damos golpecitos al ratón mientras el ordenador arranca? ¿por qué sufren los teclados tantos maltratos cuando una aplicación va lenta?

Los ascensores tienen un funcionamiento que, en el contexto tecnológico en el que nos encontramos hoy en día, es relativamente sencillo de comprender. Suben y bajan. No se teletransportan ni hacen que los pisos se muevan, sino que sencillamente se desplazan verticalmente. Además el ascensor nos habla: al pulsar el botón notamos una aceleración inicial, seguida de una vibración que durará hasta llegar al piso deseado. Interpretamos estos estímulos en base a nuestro modelo mental de funcionamiento y los traducimos a mensajes claros: “he empezado a funcionar” y “estoy en ello, espera un momento”.

Esta comprensión, esta especie de empatía con el mecanismo, es lo que quizás nos ayuda a aceptar que un ascensor va a tardar un cierto tiempo en moverse de un piso a otro.

Un ordenador hace millones de operaciones por segundo, tiene una capacidad de procesado que prácticamente podríamos describir como “mágica”, pero al usuario medio le resulta imposible entender su funcionamiento. Si el ordenador tarda un poco en realizar una tarea, por mucho que nos diga “espere por favor” o “borrando archivos…”, no sabemos qué hace realmente. Su opaca interfaz, su “magia” lenta, su manía en ocultarnos cosas, nos desespera, nos frustra y nos estimula a que le demos golpes, pues en el fondo, en nuestro modelo mental, el ordenador está lleno de silenciosos engranajes girando y quizás alguno de ellos se ha quedado encallado.

Pero… ¿y si los ordenadores sí funcionaran con engranajes? Mejor: ¿y si se alimentaran con un motor de combustión? ¿y si el ordenador vibrara, traqueteara, saltara y al borrar archivos echara humo? ¿oír el rugir del motor nos haría soportar mejor la espera? Y en en caso afirmativo: ¿sería necesario que funcionara con gasolina… o sólo que lo pareciera?