Consultor o diseñador

Un consultor es alguien que asesora profesionalmente, que “da su parecer”. El consultor es llamado para ayudar a resolver un problema, lo analiza y da su parecer sobre cómo solucionarlo, pero no soluciona nada.

Ese parecer, en ocasiones, puede asemejarse a un diseño. El consultor puede entregar un diagrama de cómo él considera que se debería organizar esto o presentar unos garabatos de aquello; pero estos entregables no son el fin, son únicamente un medio para transmitir o comunicar su parecer.

El cliente recoge ese parecer, lo estudia y hace algo que el consultor nunca podrá llevar a cabo mientras siga siendo consultor: toma decisiones. Con ello el cliente esboza un plan, que podrá ser modificado, ampliado o descartado más adelante, pero ese plan sí es diseño.

El consultor que aspira a ser diseñador estará eternamente frustrado. Se desesperará al ver que el producto final no es como su imaginación proyectaba. Se irritará cuando por falta de una visión global sus propuestas iniciales sean descartadas. Llorará al ver que no tiene control sobre el futuro del proyecto.

Si tú, lector, te sientes identificado con este último párrafo te aconsejaría lo siguiente: cambia de profesión o asume la realidad: lo que haces es consultoría, no diseño.

BitLocker, FileVault y VeraCrypt

Cada vez es menos habitual transportar información en dispositivos físicos. Lo normal es compartirla por Internet, ya sea subiéndola a un servicio de hospedaje de archivos o bien mandándola directamente por correo electrónico. Pero hay veces que tenemos varias gigas de material y utilizar este tipo de servicios no es práctico, por lo que recurrimos a otros sistemas de almacenamiento de datos, como un disco externo, que deberemos transportar físicamente.

Incluso tomando las precauciones adecuadas puede suceder que nos olvidemos, perdamos o nos roben el dispositivo de almacenamiento. Probablemente a nadie le interese un pepino nada de nuestros proyectos, pero si el material es delicado no está de más poner algún tipo de barrera para que esta situación no se nos vaya de las manos.

La buena noticia es que los sistemas operativos más utilizados ya llevan mecanismos para hacer esta función: en el caso de Windows es BitLocker y en Mac es FileVault. Ambos permiten convertir nuestro disco, o parte de él, en un almacenamiento cifrado que al ser conectado a nuestro equipo desbloquearemos mediante una contraseña u otros métodos criptográficos. A partir de ese momento podremos utilizarlo de forma convencional, realizándose el cifrado y descifrado sobre la marcha.

El principal problema de estos sistemas es que son exclusivos de cada sistema operativo. BitLocker sólo funciona en Windows (integrado a partir de Windows 7 y con una aplicación llamada BitLocker To Go Reader disponible para Windows Vista y XP) y FileVault sólo en Mac.

Si no usáis el mismo sistema operativo que vuestro cliente podéis probar la alternativa libre VeraCrypt, un sucesor del más conocido TrueCrypt, actualmente abandonado, que está disponible para Windows, OSX y GNU/Linux. Aunque usar VeraCrypt tiene un inconveniente importante: tendréis que ser administradores del equipo de vuestro cliente para poder instalarlo (o para simplemente ejecutarlo si lo lleváis en vuestro disco), lo que en muchos casos como supondréis no es algo viable.

Si no sabéis qué equipo tendrá vuestro cliente y queréis la tranquilidad de llevar los datos cifrados, mi consejo es utilizar un disco con tres particiones: una cifrada con BitLocker, otra con FileVault y otra sin cifrar por si las moscas (donde podéis incluir VeraCrypt u otra aplicación de cifrado de archivos).

Todos estos sistemas, especialmente FileVault y BitLocker (que son privativos, de código cerrado), son susceptibles de tener agujeros de seguridad, pero siempre serán un buen disuasivo para aquél que encuentre un disco al lado de la taza del café que nos acabamos de tomar.

El test del zumo de naranja

Sois los responsables de organizar una convención que reúne a 700 directivos. Debe empezar a las 7 de la mañana y debéis encontrar un hotel donde os sirvan el desayuno. Hay una condición: vuestro jefe considera imprescindible empezar con un brindis. Con zumo de naranja. Recién exprimido. En vaso grande. Para 700 personas, sí.

Este es el planteamiento base del “test del zumo de naranja”, más o menos tal y como lo describe su autor, Gerald M. Weinberg, en el libro The Secrets of Consulting. Imaginaos exponiendo esta situación al responsable de un hotel. Si os dice que es imposible, que no se puede, no pasará el test del zumo de naranja. Si os dice que adelante, que no hay problema, tampoco.

Trabajando definiendo interfaces he oído a muchos responsables de equipos de desarrollo decir “no se puede” o “no hay problema”. Los casos en que algo “no se puede” son mayoritariamente falsos, pero acaban implicando buscar una alternativa que “sí se pueda” normalmente de menor calidad. Los otros casos, los de “no hay problema” directamente me acojonan: realmente “sí hay problema”, pero aparecerá espontáneamente más adelante, hacia el final del proyecto, cuando todo se empiece desmoronar y a entrar en el caos más absoluto. Quien diga sistemáticamente a todo que “no se puede” está mintiendo. El que os diga “no hay problema” sin pensarlo probablemente es un idiota. Ambos perfiles son igual de peligrosos.

Entonces, ¿cuál es la respuesta correcta al test del zumo de naranja? Pues algo así como: “esto es un problema de narices, pero podemos estudiarlo y ver cuánto va a costar”.

Ese coste será expresado en dinero, tiempo, dolores de cabeza, problemas políticos internos, jamones para cargos de influencia o lo que sea; pero una vez cuantificado es un dato que nos podrá ayudar a decidir sensatamente si vale la pena exprimir todas esas naranjas o, por el contrario, quizás sea más conveniente ir a buscar al primo de alguien para persuadir al jefe a que cambie de idea.