Minimalismo

Casey Neistat es un director de cine con un estudio peculiar, lleno de cachivaches, herramientas y todo tipo de material para realizar sus vídeos. La impresión inicial es que el estudio es caótico, saturado, aparentemente todo lo contrario a lo que llamaríamos “minimalista”…

Foto de un estudio con multitud de estanterías y objetos.…pero en realidad apenas hay decoración: todo está rigurosamente organizado de forma extremadamente simple, sirviendo cada elemento a un propósito concreto.

En el campo del diseño de interacción, y con el minimalismo por bandera, vemos cada día más interfaces absolutamente planas, sin apenas jerarquía visual; o sistemas de navegación que no muestran inicialmente ninguna opción y las ocultan en espera que el usuario sepa cómo mostrarlas. Y sí, con ello se consiguen interfaces limpias, blancas, aparentemente elegantes, ¿pero es esto minimalismo?

Un diseño es minimalista si utiliza lo mínimo: sólo los elementos imprescindibles de comunicación e interacción; evita el ruido, la decoración, pero no elimina la señal, los contenidos y las funciones.

Me parece más minimalista el superficialmente descuidado etiquetado con rotulador permanente de las cajas rojas de Casey Neistat que las infames y pulcras tres líneas horizontales paralelas de un menú hamburguesa.

Interfaces adaptativas

Hace casi ya 3 años, cuando Ethan Marcotte se sacó de la manga el “Responsive Web Design” tomó prestada la idea de otro sitio, de algo llamado “responsive architecture”.

Esta arquitectura “sensible” es un planteamiento basado en intentar romper la rigidez clásica de los edificios y otorgarles cierta capacidad de adaptación que les permita responder a necesidades inmediatas de sus usuarios y no únicamente a las necesidades genéricas, determinadas durante el proceso de diseño.

El palabro parece que fue inventado por Nicholas Negroponte, quien ya escribía sobre ello en los 70, intentando buscar una forma de humanizar la relación entre la gente y las construcciones. Un objetivo, la humanización, compartido con los diseñadores de interfaces, quienes justamente investigamos a los usuarios, sus tareas y sus cosas para obtener unos requisitos que serán la semilla de una interfaz.

Lo problemático es que nuestro proceso de investigación, como tantos otros, se nutre de muchas técnicas basadas en la categorización o la determinación de “acuerdos”. Un ejemplo son las personas de Cooper, con las que intentamos reducir la complejidad y disparidad de los usuarios a unos pocos perfiles; o los análisis de clustering de card-sorting, con los que determinamos el nivel de “acuerdo” existente sobre la estructura organizativa de ciertos conceptos.

Este proceso de investigación no deja de ser, y perdonad la expresión, un “café para todos”, que además cuenta con el agravante, digno de Capitán Obvio, de ser previo al propio uso de la interfaz.

¿Podríamos dotar a las interfaces de cierta capacidad para entender las necesidades particulares de los usuarios en un momento y lugar determinado? La respuesta es sí, y tampoco es nada novedoso, tenemos otro palabro para ello: “interfaces adaptativas”, cuya implementación se ha limitado tradicionalmente a preguntar al usuario en tiempo de ejecución “¿y tú quién eres?”

Un sitio web de una entidad financiera, con su típica dicotomía “Particulares” y “Empresas” podríamos considerarlo un ejemplo rudimentario de interfaz adaptativa. Otro, algo más “inteligente”, es el de una aplicación de salud que a partir del login del usuario ofrece opciones para médicos o enfermeros según corresponda. Pero yo creo que nuestra meta debería ser ir más allá, imitar esa arquitectura “sensible” en la que obviamente el usuario no se limita a elegir, sino que es el propio edificio quien se adapta y muta en función de las necesidades inmediatas.

Y no, no me estoy subiendo al carro de “eliminar la interfaz”, o al menos no de lo que yo entiendo por interfaz (que considero que pese a su etimología va mucho más allá de una mera superficie de contacto). Hablo de crear interfaces que, al estilo de la interfaz predictiva de Mathematica o Google Now de Android, tengan capacidad de anticipación para poder ofrecer al usuario información y acciones que tengan sentido en ese particular momento, en su contexto ambiental, social, organizativo y personal.

Wrong road

La localidad temporal es un fenómeno sistémico que no necesita presentación para quien conozca el concepto de “cache”. Para los demás, decir simplemente que es una forma de predecir el comportamiento de ciertos sistemas, concretamente el hecho que cuando se hace referencia a un recurso es probable que ese mismo recurso sea referenciado en un futuro.

Internet es un sistema en que este fenómeno es observable. Si accedes a una página de un sitio web es presumible que en un futuro próximo accedas a ella de nuevo. De hecho es muy probable que entre dos visitas a una misma página sólo hayas visto otra distinta; vamos, que estás en A, vas a B y vuelves a A. Y digo volver, como si A estuviera antes que B, pero no: A y B comparten la red de redes y ninguna está antes que la otra, pero para tu histórico personal de visitas A es anterior.

Así que visto esto, la gente del National Center for Supercomputing Applications de Illinois decide en 1993 que a su primer navegador gráfico le falta un botón importante. Uno con una flecha hacia la izquierda con el tooltip “Back”. Y de esta guisa nace el botón “atrás”.

Lo curioso es que ahora, 20 años más tarde, aún nadie entiende cómo funciona. Y lo cachondo es que importa tres cojones. Ya lo estudiaron Saul Greenberg y Andy Cockburn en 1999: dile a alguien que busque algo en un buscador y pulse en el primer resultado, después que vaya atrás y haga clic en el segundo resultado. ¿Si ahora pulsas “atrás” dos veces qué página sale? Venga. Rápido. Ok, sí, tú lo has respondido bien… pero muchos usuarios van a creer que vuelves al primer resultado; y no: el botón atrás no es un simple histórico de visitas, sino un sistema tipo pila donde hemos eliminado ya el primer resultado de ella. La cuestión es que para la mayoría de situaciones el modelo mental que se hace la gente del botón “atrás” es suficiente. Podríamos hacer una analogía con la geometría euclidiana: no importa que sea falsa o incorrecta o incompleta ya que se trata de una buena aproximación a nuestra realidad más inmediata.

Ordenador de gasolina

¿Habéis visto alguna vez a alguien dentro un ascensor aporreando la puerta por ir lento? ¿Lanzar improperios por estar tardando mucho en subir? ¿No? Entonces ¿por qué damos golpecitos al ratón mientras el ordenador arranca? ¿por qué sufren los teclados tantos maltratos cuando una aplicación va lenta?

Los ascensores tienen un funcionamiento que, en el contexto tecnológico en el que nos encontramos hoy en día, es relativamente sencillo de comprender. Suben y bajan. No se teletransportan ni hacen que los pisos se muevan, sino que sencillamente se desplazan verticalmente. Además el ascensor nos habla: al pulsar el botón notamos una aceleración inicial, seguida de una vibración que durará hasta llegar al piso deseado. Interpretamos estos estímulos en base a nuestro modelo mental de funcionamiento y los traducimos a mensajes claros: “he empezado a funcionar” y “estoy en ello, espera un momento”.

Esta comprensión, esta especie de empatía con el mecanismo, es lo que quizás nos ayuda a aceptar que un ascensor va a tardar un cierto tiempo en moverse de un piso a otro.

Un ordenador hace millones de operaciones por segundo, tiene una capacidad de procesado que prácticamente podríamos describir como “mágica”, pero al usuario medio le resulta imposible entender su funcionamiento. Si el ordenador tarda un poco en realizar una tarea, por mucho que nos diga “espere por favor” o “borrando archivos…”, no sabemos qué hace realmente. Su opaca interfaz, su “magia” lenta, su manía en ocultarnos cosas, nos desespera, nos frustra y nos estimula a que le demos golpes, pues en el fondo, en nuestro modelo mental, el ordenador está lleno de silenciosos engranajes girando y quizás alguno de ellos se ha quedado encallado.

Pero… ¿y si los ordenadores sí funcionaran con engranajes? Mejor: ¿y si se alimentaran con un motor de combustión? ¿y si el ordenador vibrara, traqueteara, saltara y al borrar archivos echara humo? ¿oír el rugir del motor nos haría soportar mejor la espera? Y en en caso afirmativo: ¿sería necesario que funcionara con gasolina… o sólo que lo pareciera?