Una caja negra

He inventado una caja negra, opaca, compacta, hermética, con un único orificio en el que se observa una luz roja apagada.

La luz puede encenderse sola en cualquier momento del día y uno debe averiguar qué hacer para que vuelva a su estado de reposo. A veces será suficiente moviendo la caja, otras puede que reaccione a la música o en ocasiones sólo sumergiéndola en agua se conseguirá que la luz deje de brillar.

No hay manual, nadie puede saber qué sensores tiene el artefacto ni a qué puede reaccionar. De hecho muchas veces la luz se apagará sin que sepas muy bien por qué.

Pero la caja no es un simple juego de azar. Con el tiempo puedes aprender a distinguir distintas intensidades de luz o parpadeos que sugieren una u otra cosa. Una luz muy intensa quizás sólo se apaga calentando la caja, o una luz que parpadea puede que pare dando unos simples golpecitos. También será posible detectar patrones: que no te extrañe que esa luz que se enciende cada día a las 12 siempre se apague de la misma forma.

Para cada persona que me pida una caja se la voy a diseñar a medida, de forma que de nada servirá que tu amigo te diga que su caja por la mañana reacciona a las palmadas, ya que quizás la tuya no.

¿Y el incentivo?, diréis. ¿Qué mejor incentivo que la propia percepción de progreso en el aprendizaje de este nuevo lenguaje y la satisfacción de empezar a entender tu caja?

Creo que va a ser un éxito sin precedentes. Estoy convencido que una vez alguien me compre una caja incluso va a querer otra, para jugar el doble. De hecho voy a sorprender a algunos y les voy a poner dos cajas en el paquete de envío. Veréis que risas cuando las dos luces se enciendan a la vez.

Ser padre hoy

¡Joder! La idea de un tipo alto, no muy alto, pero lo suficiente para que pase toda su vida siendo víctima de comentarios sobre su estatura por parte de desconocidos en todos los espacios cerrados habidos y por haber: en el tren «uy, que alto», en el ascensor «uy, que mal repartido está el mundo», en la panadería «uy, ¿juegas al baloncesto?». Y el tipo alto, pero no muy alto, absolutamente obsesionado por ese tema, pensando día y noche en una respuesta graciosa a esos comentarios, pero que sea educada, no hiriente, pues en el fondo reconoce que pese al malestar que le provocan no tienen mala intención. Hasta que un día, cansado de buscar esa escurridiza respuesta, considera que quizás sea una buena estrategia establecer sutiles peculiaridades para competir con su mera talla, para que la gente tenga, al menos, donde elegir para comentar. Así que el tipo empieza a estudiar cosas extrañas, se dedica profesionalmente a algo que nadie entiende, se entrega a aficiones exóticas, aprende a amar los géneros cinematográficos más underground, intenta llevar una vida tranquila en plena fiebre global consumista, se atreve a dejar su trabajo estable en medio de una brutal crisis económica y se embarca en la paternidad antes de los 30. Pero joder, nada de eso le funciona, nada de eso es suficiente para la vecina con la que coincide en el ascensor, que sigue insistiendo en hacer un comentario sin mala intención sobre lo mucho que tiene que forzar el cuello para hablar con él; así que el tipo alto, pero no muy alto, decide volver a su estrategia anterior y sigue viviendo su vida convencido que una inteligente combinación de palabras dará lugar a esa perfecta respuesta graciosa que, tras años de obcecadas noches en vela sigue sin ser incapaz de encontrar.