Desentenderse

Hace una semana fui al juzgado a hacer un trámite. Algo sencillo, entregar unos papeles y firmar un par de cosas. Quince días antes me habían citado para revisar la documentación y asegurar que estaba todo, pero en esta ocasión me indicaron que faltaba un certificado. Un poco indignado comenté que ya estaba revisado, pero la respuesta de mi interlocutor fue simplemente “seguramente lo hizo una compañera mía”. Ya está. Eso es todo. Ni una disculpa, ni una explicación: otro cometió un error así que a mí qué me cuentas.

Recuerdo una ocasión similar en la que estaba reunido con un cliente y una agencia de diseño. La agencia estaba presentando unas pantallas y mi cliente, una entidad financiera, preguntó por qué aparecía en ellas el nombre de otra entidad en repetidas ocasiones. Saltaba a la vista que esa agencia estaba presentado algo que ya había presentado en otro sitio, pero en lugar de disculparse, el gerente de turno soltó: “bueno, esto lo ha hecho uno de nuestros diseñadores; de estos que van con camiseta de Metallica y no tienen ni idea de temas financieros”. Fabuloso.

Esta actitud tristemente común la trasladamos usualmente a las interfaces. “Hay un error con el servidor” o “El servidor no responde” es otra forma de transmitir al usuario que eso no va con nosotros.

En ocasiones el uso del pronombre “se” también tiene una intención de desentenderse: a veces lo usamos de modo que podría pasar por su forma accidental (“se ha producido un error”, indicando que no era nuestra intención), pero en otras es un “se” claramente impersonal (“se ha movido la página a otro sitio”, vamos, que alguno de nuestros estúpidos empleados le ha dado por jugar con las URL).

En interfaces o en nuestra relación con otras personas creo que el mismo consejo es válido:

  1. disculparse
  2. indicar explícitamente que ha sucedido algo no esperado
  3. contar qué ha ocurrido exactamente
  4. ofrecer posibles soluciones

No quiero usar Google+ Hangouts

Actualización: Desde que escribí esta entrada se han hecho cambios que afectan a mi opinión sobre este servicio: Google ya no requiere la utilización de tu nombre real ni la vinculación obligatoria con una cuenta de Google+. 

Cada vez es más habitual que algunos de mis clientes utilicen Google+ Hangouts para su mensajería instantánea y videoconferencia.

Y siempre hay un silencio incómodo cuando yo les digo, tímidamente, que no quiero utilizar Google+ Hangouts.

No tengo nada especial en contra Google. Al menos nada que no tenga contra otras muchas empresas. Tengo un teléfono Android, una cuenta de Gmail y miro vídeos de gatos en Youtube. Y cada vez me importa menos que Google sea una empresa que eluda el pago de impuestos en España, que abuse de su posición dominante para entrar en otros sectores, que lógicamente acate las peticiones de censura de los gobiernos de turno o que contribuya a nuestro humano sesgo de confirmación de forma artificial. Todo esto es lo mismo que hace Microsoft, Apple o Amazon. Son problemas importantes, pero no son mi preocupación principal.

Lo que me molesta es que el precio a pagar por usar un servicio aparentemente gratuito sea nuestra privacidad.

Puede parecer anecdótico, pero Google+ Hangouts guarda todas las conversaciones textuales que hacemos a no ser que indiquemos lo contrario. Esto significa que aunque a nosotros no nos interese guardar una conversación, puede que nuestro interlocutor sí lo esté haciendo. Esta información se guarda con su perfil de Google y ayuda a la empresa a seguir definiendo una identidad digital para esa persona.

Nada impide técnicamente, obviamente, que Google haga lo propio en un futuro con las conversaciones de voz.

Pero esto es sólo la punta del iceberg. Quien quiera unirse a una reunión con Google+ Hangouts debe tener una cuenta de Google+. Vamos, que el asistente acaba:

  • Con una cuenta de correo electrónico de Google (Gmail)
  • Dado de alta en una red social generalista como Google+ (ya no), donde es requisito utilizar el nombre real (ya no) y donde el perfil obligatoriamente es público.
  • Aceptando unos términos y condiciones que, entre otras cosas, dan el consentimiento a la empresa a utilizar datos personales explícitos (datos introducidos) e implícitos (datos recogidos como la posición geográfica, historial de búsquedas, etc.) para ofrecer resultados de búsqueda relevantes y publicidad personalizada.

Yo he pasado por todo esto. He hecho reuniones vía Google+ Hangouts. He creado perfiles falsos en Google+. Pero el tema está en que no quiero volver a hacerlo. Me molesta. Me indigna vender mi privacidad para algo tan mundano como una videoconferencia. Pero este mi problema, mi decisión. Lo verdaderamente grave es contribuir a que otras personas se sientan prácticamente obligadas a hacer lo mismo en un entorno donde es tan complicado decir “no” como es el profesional.

Y me encantaría acabar ofreciendo la solución, esa perfecta alternativa a Google+ Hangouts de protocolo abierto, descentralizada, libre, extendida y útil.

Pero si existe no la conozco.

¿Pero implica eso no hacer nada? Existen opciones cojas pero que, al menos, no obligan a los participantes de la reunión a registrarse en ningún sitio. Todos conoceréis cuáles son.

La visión de la plaza

La plaza mayor de Vic es un espacio cuadrado volteado por arcadas con una gran zona central destinada a actividades eventuales, como mercados o ferias. Todo catalán que se precie, que no sufra del cada vez más extendido y peligroso autoodio, la reconoce. Al menos la habrá visto en Televisión de Catalunya, cuando el hombre del tiempo de turno muestra una vista cenital de la misma para acompañar las frías temperaturas de la capital osonense.

No soy muy partidario de la investigación con usuarios (ojo, “de usuarios” sí), pero me ha llamado la atención un reciente estudio en el que se preguntaba a la gente mayor qué mejoras haría en el espacio público de la ciudad.

Algunos viejos ingratos, para nada merecedores de la desmedida pensión que cobran a final de mes, se han atrevido a afirmar que en la plaza faltan bancos para sentarse. Ante tan absurda e insensata solicitud, el alcalde de Vic ha respondido, según el periódico El 9 Nou, algo así como que a la Generalitat no le gustaría eso de poner bancos, pues claramente obstaculizarían “la visión de la plaza”.

Gracias a las últimas innovaciones científicas en el campo de las partículas subatómicas, las terrazas de los bares de la plaza mayor de Vic no obstaculizan “la visión de la plaza”; pero obviamente los bancos sí lo harían, ya que se pagan con dinero público y no pueden gozar de tanta modernidad tecnológica. Yo lo comprendo: las plazas y las calles deben ser zonas de tránsito, de un centro comercial a otro y poco más, no un nido de vagos y maleantes.

Si usted es un señor mayor de Vic y se cansa viendo la plaza de pie, pues oiga, mire, tiene un par opciones: reintroduzca parte de su pensión en el sistema tomándose un carajillo en una de las terrazas o bien espachúrrese en el sofá de su casa para gozar de una vista no obstaculizada de la plaza durante dos o tres segundos en TV3. Ya sabe, “la teva”.

Auténticamente digitales

Ya basta, dicen. Es el momento de olvidarnos de anacronismos y dejar atrás paradigmas anclados en nuestro estúpido mundo real analógico. Es hora de ser genuinamente, sinceramente y honestamente digitales

Separar lo real de lo digital es ver nuestro monitor, tableta y móvil como pequeñas ventanas a otra dimensión. Una dimensión digital con sus propias reglas. Pero resulta que lo digital está integrado en nuestra vida diaria de una forma mucho más difusa, con mecanismos de interacción prácticamente ubicuos. Considerar la pantalla como una frontera es arcaico. Y falso: nuestra interfaz ya no es una mera superficie de contacto, sino un entorno de interacción tridimensional, real, tangible y con reglas físicas. Por todo ello, honestamente creo que es el entorno digital el que debe adaptarse a nuestro mundo real.

Y no al revés.