Niña o niño

Me parece muy útil distinguir los términos “categorizar” y “clasificar” y evitar entenderlos como sinónimos.

Categorizar es describir una serie de categorías con la intención de organizar una colección de elementos; mientras que clasificar es asignar a cada elemento una, o varias, de estas categorías. Vamos, que primero expongo que existen piedras y árboles, categorizo, y ya luego determino si lo que tengo delante es una piedra o un árbol, clasifico.

Diferenciar estas expresiones nos puede proporcionar riqueza léxica a la hora de hablar de sistemas de organización.

Al tema: se tiende a considerar erróneamente que existen dos categorías para el género, “mujeres” y “hombres”, ignorando todo un espectro de identidades. Esto es un problema de categorización: los cajones con los que se pretende organizar a la gente no admiten identidades bigénero, agénero o no binarias en general, personas que no se perciben a sí mismas como femeninas o masculinas.

Por otro lado, también se suele crear una equivalencia incorrecta entre sexo y género, llegando al extremo habitual de asignar categorías de género en función de los genitales. En este caso no es una cuestión de categorización, sino de clasificación: se invisibiliza con ello a las personas intersexuales (personas con características que no encajan en las definiciones típicas binarias de sexo) y se clasifica incorrectamente al nacer a las personas trans.

Y así, cuando me entregan el informe de ecografía y veo que han escrito “niña” o “niño”, se evidencia que ahí confluyen ambos problemas: ni la categorización ni la clasificación son correctas. Se asigna una categoría que ni siquiera debería existir en ese momento. Es, a mi modo de ver, un sistema de organización absolutamente roto. Y uno que impacta enormemente en la vida de las personas.

Informarnos puede ser el primer paso necesario para contribuir a reparar este sistema. Si tenéis dudas sobre estos temas y os interesa saber más, os recomiendo esta guía editada por el Instituto Canario de Igualdad: “Sexualidad. Cuerpos, identidades y orientaciones”.

Los tres botones

Desde hace varios meses tengo esta imagen en mi cabecera de Twitter y LinkedIn:

Tres botones rojos dispuestos horizontalmente

Alguien me preguntó por ella el otro día, así que vamos con la explicación.

Es una foto que hice en enero de 2010, hace más de 7 años, cuando trabajaba en Usolab, consultora de usabilidad y diseño centrado en el usuario.

Estos botones servían para encender y apagar las tres luces del piso de arriba de nuestras oficinas. Pero no era tan sencillo como puede parecer.

Para empezar, había un problema de mapeado: simplificando un poco (ya que la distribución de las luces era realmente perpendicular a la de los botones) la luz de la izquierda se encendía con el botón de la derecha y viceversa. El único botón bien situado era, claro, el central.

Pero había otra dificultad añadida. Es fácil ver que estos botones no parecen del todo convencionales. Si habéis trabajado alguna vez en un entorno industrial los reconoceréis como botones de seguridad. Para abrir el circuito (apagar la luz) funcionan como pulsadores, pero para cerrarlo (encender) es necesario girarlos 90º en el sentido de las agujas del reloj. Si os fijáis observaréis unas pequeñas flechas, bastante disimuladas, que lo indican.

Estos botones de seguridad son útiles para evitar encender maquinaria sin querer y poder apagarla rápidamente si es necesario; pero creo que estaremos de acuerdo en que no están diseñados para encender y apagar luces. Siempre me hizo gracia pensar en los distintos escenarios de uso de este mecanismo y cómo el único que estaba bien resuelto era “apagar la luz central”.

Pasé casi 7 años en Usolab. Nunca más me he rodeado de gente de la que haya aprendido tanto como en esa época; pero no quiero subestimar la influencia que tuvieron en mí estos tres botones, cuando manipulaba incorrectamente, día tras día, el pulsador equivocado.

Una caja negra

He inventado una caja negra, opaca, compacta, hermética, con un único orificio en el que se observa una luz roja apagada.

La luz puede encenderse sola en cualquier momento del día y uno debe averiguar qué hacer para que vuelva a su estado de reposo. A veces será suficiente moviendo la caja, otras puede que reaccione a la música o en ocasiones sólo sumergiéndola en agua se conseguirá que la luz deje de brillar.

No hay manual, nadie puede saber qué sensores tiene el artefacto ni a qué puede reaccionar. De hecho muchas veces la luz se apagará sin que sepas muy bien por qué.

Pero la caja no es un simple juego de azar. Con el tiempo puedes aprender a distinguir distintas intensidades de luz o parpadeos que sugieren una u otra cosa. Una luz muy intensa quizás sólo se apaga calentando la caja, o una luz que parpadea puede que pare dando unos simples golpecitos. También será posible detectar patrones: que no te extrañe que esa luz que se enciende cada día a las 12 siempre se apague de la misma forma.

Para cada persona que me pida una caja se la voy a diseñar a medida, de forma que de nada servirá que tu amigo te diga que su caja por la mañana reacciona a las palmadas, ya que quizás la tuya no.

¿Y el incentivo?, diréis. ¿Qué mejor incentivo que la propia percepción de progreso en el aprendizaje de este nuevo lenguaje y la satisfacción de empezar a entender tu caja?

Creo que va a ser un éxito sin precedentes. Estoy convencido que una vez alguien me compre una caja incluso va a querer otra, para jugar el doble. De hecho voy a sorprender a algunos y les voy a poner dos cajas en el paquete de envío. Veréis que risas cuando las dos luces se enciendan a la vez.

Un lector menos

Tengo un lector menos. Una persona por quien tenía aprecio y que leía esporádicamente estas notas semanales nos ha dejado. Era alguien absolutamente ajeno al mundo del diseño, de la usabilidad, de la experiencia de usuario o de cómo queráis clasificar estas líneas, pero cuando le caía en las manos uno de estos apuntes de pocos párrafos lo leía con atención y curiosidad.

Un día, en una conversación, elogió uno de estos artículos. Que alguien que acostumbra a ser desvergonzadamente sincero alabe algo que has escrito siempre es agradable. Es una sensación que muchas veces no tenemos en nuestro día a día, cuando trabajamos absolutamente desconectados de las personas que hay al final del hilo que tejemos.

Mirad a vuestro alrededor: levantamos paredes sin conocer quién vivirá detrás de ellas, cultivamos alimentos sin preocuparnos por quién va a consumirlos, diseñamos objetos sin ver nunca a nadie usarlos… Puede ser práctico, puede ser económico, pero es un poco triste. Es triste olvidar que todo aquello que hacemos tiene un destinatario. Sea gente cercana o lejana. Presente o futura. Viva o muerta. Siempre hay alguien.

Imagino que estas líneas también tienen un destinatario. Y probablemente soy yo mismo; que sumido por la impotencia de ver que nada puedes hacer cuando alguien te deja, escribir esto es todo lo que queda en mis manos.